Dicen que lo que se vive en la infancia perdura toda la vida…
Los lugares, vivencias, olores, imágenes.
Ciertamente es mi vivencia la que ahora me apetece contaros, afrontando el reto propuesto….
Esto me lleva o más bien dicho me remonta a tiempos pretéritos ya, lejanos. Pero bien presentes cuando algo acciona el mécanismo del subconsciente, que es el que manda, y nos transporta a aquello vivido con intensidad. O a aquello no tan intenso pero que tu inconsciente lo grabó a fuego sin tu percatarte de ello.
Hecho el preámbulo y sin animo de aburrir a nadie, empezaré a urgar en mi memoria, sabiendo que iran surgiendo “recomendaciones” o apreciaciones que me serán reveladas en el sublime acto de la escritura. Consciente y a la par inconsciente y con sentido.
Y, como casi siempre, cuando hablamos de infancia vienen a la memoria dos personas que marcan tantos y buenos momentos, ¡los abuelos!. Quien ha tenido la suerte de poderlos “vivir”, claro.
Yo pude vivir episodios imborrables, momentos perdurables en los cajoncitos de la memória, que por mil vivencias pasan a un olvido que no es real. Cuando empezamos a urgar en ellos van apareciendo y los vas reviviendo con cariño y porque no decirlo, con nostalgia en muchos casos.
Era el início de uno de tantos veranos, o lo parecía. Aquel lejano año ya, no sería para nada uno más.
Aquella tarde no sabía que ibamos a iniciar un viaje que cambiaría nuestras vidas para siempre.
Mis abuelos decidieron hacerme participar de su aventura de descubrimiento, de un lugar entre montañas que sería escenario de vivencias y momentos irrepetibles.
La perrita de mis abuelos, llamada Diana, también nos acompañó, aunque sufrió los avatares de un largo viaje, en el que las carreteras con curvas no nos daban tregua.
Puedo decir que de toda la família, yo fuí la que tuve el privilegio de ser la primera del resto que pude compartir el descubrimiento, y la aventura, de un entorno que pasaría a ser en mi etapa infantil una vivencia perdurable toda la vida.
Iniciamos el viaje, ¿hacia dónde?, misterio en el que, claro, me dejé llevar por aquellos dos seres tan importantes para mí, mi abuelo Juan y mi abuela Consuelo.
Desde mi perspectiva y mirada infantil mi perplejidad iba en aumento, en cada curva, en cada paisaje que pasaba rápidamente por mi mirada, sin tiempo a más. Hicimos pocas paradas para descansar, y el viaje lo requería, pero mi abuelo que era el que conducía parecía tener prisa por llegar a destino.
Kilómetros y kilómetros recorridos, entornos desconocidos, mareos añadidos entre otras tantas emociones y sensaciones vividas. La perrita, como no, mareada como yo, pobrecita.
Despues de mucho recorrido, que a mí en aquel entonces me parecía eterno, por fín llegamos a un lugar increíble, donde mi abuelo parecía haber sentido que teníamos que hacer una parada.
Morella estaba delante de nosotros, una población peculiar en lo alto de una especie de montaña, un lugar singular y emblemático que en aquel momento me maravilló, y aún hoy. Sus calles, todas cuesta arriba o abajo, según el sentido de nuestros pasos, de nuestra ruta. Cada esquina de cada calle tenía algun elemento que atraía mi mirada, mi curiosidad.
Pero aún no habiámos llegado a destino, nos esperaban unos kilómetros más para llegar al ansiado lugar donde mis abuelos construirían una preciosa casa que terminó siendo un emblema para el pueblo, pues la edificaron en un solar a la entrada de la población al que lo denominaban “les cases assolaes” (“las casas derrumbadas”) ya que muchos años atrás, donde habían solo pedruscos inmensos, hubieron unas casitas que configuraban la puerta de entrada al pueblecito, llamado Forcall.
En Forcall pude vivir unos dulces años de infancia recorriendo aquellas calles en bicicleta, yendo a las fuentes con el típico cantaro, viendo como la gente de campo llegaba con sus caballos y mulas, en las que alguna vez había tenido la suerte de poder montarme y poder disfrutar, y a la vez temer, aquella perspectiva nueva para mí.
Recuerdo la satisfacción que me producía cuando los niños del pueblo me decian: ah si, vives allí donde las “cases assolaes”. Sentía que lo decían con una especie de agradecimiento a la mejora que mis abuelos habían aportado a Forcall, con su encantadora casa. Que disfrutamos toda la família; mis padres, hermanos, tios, primos…
Y con el paso de los años, y siendo ya adulta, cada vez que he podido tener ocasión de volver y pasearme por las calles de aquel pueblecito, província de Castellón y de la comarca del Maestrazgo, he podido sentir sin necesidad de pensar que me encontraba como en casa, arropada con aquel cariño y amor de los años infantiles vividos con intensidad, que perduran y perdurarán siempre, en el transcurrir de los años…